Si leíste esto, sabrás que me encantan los juegos de mesa. Y también que mis primeras intentonas fueron con Arkham Horror, segunda edición. Un juego al que cogí cierta tirria. No conocía los mundos de HP Lovecraft en profundidad y el juego me resultaba denso. Critaturas abominables, un primigenio, encuentros, dados, mitos, otros mundos. Demasiado para un chaval que apenas arrancaba en esta afición de los juegos de mesa. Tuve que pasarme a cosas más simples como Chez Geek y Munchkin. Y funcionó. Cuando volví a Arkham Horror me encontré de golpe con un juego apasionante que se ha ganado un pedacito especial en mi tiempo libre.

¿Cómo fue el proceso? ¿Por qué lo que un día no, después resultó que sí? Bueno, así es la vida, responder esto no es complicado. Siempre hay una primera vez para todo y esta no tiene porque ser buena. En mi caso, el proceso para entrar a juegos más duros necesitaba de una especie de entrenamiento, una fase de aprendizaje que implicase arrancar desde cero. Y es que más allá de algunas partidas de rol en mi adolescencia, desconocía por completo lo que este universo podía ofrecerme.

Parecía más sensato empezar poco a poco. Eso lo entendieron bien mis compañeros de juego. Si aparecía yo, antes o después se jugaba a Chez Geek. No es un gran juego, pero si nos daba momentos de buen rollo y con él poco a poco me metían en esta droga. Putea a tu vecino mandándole un inquilino molesto. Suficiente. Lo mismo con el Munchkin. Muchas partidas a estos juegos y un día, sin quererlo ni beberlo, me vi plantado en una partida de República de Roma. Si no sabes de que hablo te animo a que pegues un vistazo a ese link.

En resumen: un juego cooperativo en el que debes unir fuerzas con tus compañeros de mesa para conseguir que Roma sobreviva. Y digo sobreviva, sí, porque 11 de cada 10 ocasiones el juego te acaba ganando. Entiéndase la broma. ¿Por qué es así? En primer lugar porque es difícil, muy difícil. Incluso sus reglas, a día de hoy diría que no las conozco bien. En segundo y muy importante lugar porque al final de la partida, si Roma se mantiene en pie durante las fácilmente 4-5 horas que puede durar una partida -incluso más-, solo ganará uno de los jugadores. El puteo, por tanto, está asegurado.

República de Roma

Aquello me resultaba gracioso. Claro que el salto de un juego de cartas de 30 minutos a uno denso de tablero de horas y horas fue enorme. ¿Qué hizo click? No lo sé. Siempre he sido fiel a los juegos de estrategia de PC, incluso duros y pesados como los de gran estrategia de Paradox. Pero esto parecía otro nivel, al fin y al cabo eran muchas horas alrededor de una mesa. El caso es que el botón se había encendido y ahora quería más.

El momento de probar de nuevo Arkham Horror había llegado. Y, siendo sinceros, me había causado tan mala sensación en mis primeros acercamientos al juego que ni siquiera recordaba el nombre o tablero del juego. Me costó varias partidas darme cuenta de que este era ese juego al que tanta tirria cogí. Y de repente los primigenios, la criaturas abominables, los mitos y encuentros, o la mala suerte tenían todo el sentido del mundo.

Hoy, como decía en ese texto que enlazaba al inicio de mis palabras, mi afición por los juegos de mesa se mantiene inalterable. Quizá no juegue semanalmente, a veces ni mensualmente, pero no tardaré demasiado en decir sí a una partida. Y hoy es el día en el que mi colección de juegos crece poco a poco. Entre las nuevas adquisiciones está, sí, un Arkham Horror. En este caso la tercera edición. No todo es como empieza, sino como acaba. Que se lo digan a Cthulhu.