Una consola para gobernarlos a todos. Perdón, una consola portátil para gobernarlos a todos. Ese debió ser el planteamiento de Nintendo a finales de los 80, cuando decidieron apostar fuerte por una portátil que pudiese llegar a mucha gente. El diseño no era el más bonito, las capacidades no eran las mejores del mercado, pero si algo tenemos claro décadas después es que no ha habido una portátil que aún haya superado a la Game Boy. Niños, jóvenes y mayores cayeron rendidos a sus encantos. ¿Por qué? Repasemos la historia de la Game Boy e Intentemos descubrirlo.

Catorce años de vida tuvo la portátil por excelencia. Década y media en la que llegó a estar en casi 120 millones de hogares… y bolsillos. Ahí tenemos una de las primeras y principales ventajas de Game Boy. La de Nintendo fue una consola realmente pequeña y cómoda para la época, algo menos de 15 centímetros de alto y solo 394 gramos de peso. Digo solo porque la Game Gear de Sega, su gran rival aquellos años, era algo más grande y más pesada. Hasta seis centímetros más larga. Un impedimento si uno quería meterla en el bolsillo del pantalón o de la sudadera.

Zelda Links Awakening

Es innegable que las especificaciones técnicas de la Game Gear eran mucho mejores. Una portátil que desplegaba una gama de colores que resultaban espectaculares. Si fuiste un crío o adolescente en aquella época, estarás conmigo en que tener una portátil con semejante juego de colores entre las manos ponía la piel de punta. Estéticamente también era más bonita. Entraba mejor al ojo. Pero esa pantalla monocromática de la Game Boy tenía también un poder hechizante.

¿O lo tenían sus juegos? Vale, quizá eran los juegos. Eran directos, plataformas, arcades, slash… Hablamos de joyas como Super Mario Land, The Legend of Zelda: Link’s Awakening, Metroid II, Castlevania II o el Tetris. Precisamente uno de los principales motivos del enorme boom que vivió la Game Boy en sus inicios fue el mítico puzle de piezas. En los 80, como hoy, darle caña al Tetris era un vicio bastante divertido. Y en Nintendo metieron el juego en su catálogo inicial, incluso vendieron packs de consola + juego. ¿Acaso pensabas que estos packs eran cosa reciente?

Y claro, una vez te metías en harina con el Tetris, era cuestión de tiempo de ir probando alguna de las otras joyitas que había en el catálogo de la Game Boy. Si me preguntas, la GRAN JOYA de la videoconsola portátil fue el mítico Zelda. Horas y horas absorto en aquel otro mundo, apretando aquella cruceta y aquellos dos botones como si mi propia vida me fuera en ello. ¿Horas dices? Sí, porque otro de los puntos a favor de la Game Boy era la duración de su batería, aka pilas. Duraban bastante más que las de su competencia. Esto tomando en consideración que eran otros tiempos y, por tanto, más te valía llevar un paquete de pilas de repuesto en el bolsillo… por si acaso.

Historia de la Game Boy

A mediados de los noventa parecía que la historia de la Game Boy tocaba a su fin. La PlayStation y la Nintendo 64 prometían emociones fuertes con el salto a 3D. Una consola de 8-bit ya no molaba tanto. Momento perfecto para que los genios de Nintendo lanzasen Pokemon Rojo y Azul. Y el mundo se volvió loco una vez más con la aparentemente ya vieja Game Boy. Hubo quien no entendió aquella locura. Quien vio en aquellos muñequitos que parecían peluches meros juegos para los más pequeños de la casa. Pero no, Pokemon era mucho más que eso y, desde luego, para todas las edades. Diversión asegurada y horas de vicio. Hoy sigue siéndolo.

Por no hablar de las joyas personales que cada uno guardamos en nuestra memoria y cajón. Mi personal historia con la Game Boy tiene nombre y apellidos. No olvido un juego de Tintín: Temple du Soleil. Mis padres me lo trajeron como regalo tras un viaje al Reino Unido o Francia, no recuerdo bien. Por el nombre diría que lo segundo. El caso es que aquel juego me quitó horas de sueño. Yo, quizá demasiado joven, quizá demasiado inútil, veía en aquel juego de aventuras un imposible. Nunca conseguí terminarlo. Quizá sea el momento de desempolvar mi Game Boy y darle caña. Porque sí, mi Game Boy sigue conmigo. Y estoy convencido de que tú también guardas la tuya.