En la historia de los videojuegos hay varias sagas o franquicias que han marcado el devenir de los RPG. A finales de los 90 una de ellas explotó mundialmente y se convirtió en la joya de la corona, la reina para muchos gamers que de aquella se iniciaban en el mundo de los videojuegos. Su nombre Final Fantasy, y desde su séptima entrega quedó convertida en un fenómeno global. Hay quienes incluso señalan que el apabullante éxito de la Playstation se debió en buena parte a ese Final Fantasy VII que tanto y tanto vendió. No nos extrañaría. Si poseías una PSX, tenías una copia de FFVII.

En mi caso personal, los #JuegosQueMeMarcaron en lo que a Final Fantasy se refiere fueron las entregas VII, VIII y IX. A pesar de que este texto estará centrado en ellos, no puedo ni quiero evitar echar la mirada brevemente atrás. Nos vamos a 1987, año en el que Squaresoft estaba a punto de echar el cierre por bancarrota. Les quedaba margen para hacer un videojuego más y el director, Hironobu Sakaguchi, decidió tirar de sarcasmo llamándolo su fantasía final. Final Fantasy. Lanzado en la Nintendo original (NES), sus líneas maestras marcaban un mundo por explorar y una historia que enganchase. Aspectos que se han venido manteniendo desde entonces. Ah, y la presencia de Nobuo Uematsu como compositor de su banda sonora. El genio.

De aquel Final Fantasy original quedaron más cosas, como el sistema de combate por turnos o el nombre de magias y objetos como Cura, Esna, Hielo, Piro, Electro, etc. Su éxito fue tal que salvo Squaresoft y dio pie a una segunda entrega, convirtiéndose en la niña bonita de la casa. No era para menos. Y con dicha segunda entrega Final Fantasy quedaría convertida en una franquicia y no una saga. Porque la decisión de Squaresoft y su equipo de desarrolladores marcaría el devenir de la misma. De una a otra entrega no se continuaría la historia, no se miraría al pasado de ese mundo, no se buscarían aspectos interconectados. Cada entrega de Final Fantasy debía ser un juego nuevo en su historia: con un nuevo mundo, unos nuevos personajes y unas nuevas tramas que contar.

Esto convierte cada Final Fantasy en un evento impredecible, algo único y especial. Con sus estéticas particulares, que van de la pura fantasía a los más realistas, con toques de ciencia ficción. Todos empezamos de cero en cada entrega y si nos gusta o no depende de lo que consigan construir bajo el nombre de la franquicia. Incluso aspectos como el combate por turnos quedan a un lado en ocasiones. A finales de los 90 y principios de los 2000 nos enganchamos a ellos. En los años de expansión casi definitiva de los videojuegos como entretenimiento global y en cualquier casa, Final Fantasy VII llegó en el momento exacto.

Un videojuego en el que, ojo, te convertías en una especie de ecologista con magia y poderes sobrehumanos luchando por la salvación del mundo, corrompido por las grandes corporaciones que estaban destrozando el planeta. ¿Te suena? Además te juntabas con otros coleguis a cada cual más extraño… y molón. Podías hacer tu grupo particular, tu trío especial, teníamos nuestras preferencias y a alguno de los personajes seleccionables no podíamos ni verlo. Fue una escuela para muchos. Su duración, que de aquella nos parecía una maravillosa locura.

Los grandes personajes de Final Fantasy: Cloud, Aeris, Squall, Yitán…

Final Fantasy saga

Cada uno tiene su personaje favorito de Final Fantasy. Es así. Seguramente unido a su entrega favorita. El caso es que en aquellas que fueron de Final Fantasy VII a Final Fantasy X, las que más me marcaron a mí, nos encontramos con nombres imborrables. No ya de la franquicia en sí misma, sino de la historia del videojuego en general. Desde esos protagonistas como Cloud, Squall o Yitán, a Aeris, Tifa o Rinoa, pasando por secundarios como Barret, Zell o Vivi. Sí, lo hubo antes y después, pero recuerda que me centro en esas ediciones.

Son todos ellos personajes con los que sentirte unido. Sin darte cuenta te ves atrapado por sus personalidades, les coges cariño y de una manera u otra terminan por formar parte de tu vida. Además la franquicia Final Fantasy suele ofrecer héroes molones… y villanos que también lo son. Ahí tenemos a Sephirot. Lo mola todo, es así. Además, no son héroes blancos al cien por cien, cuentan con sus grises, los villanos tienen unas motivaciones marcadas y no son el mal porque sí. Eso, para quienes comenzábamos en los videojuegos en aquella segunda mitad de los noventa, fue un salto. Supuso madurar en nuestra afición.

Además Final Fantasy le da al jugador la posibilidad de crecer y evolucionar los personajes a su gusto. Mediante árboles de habilidades o de magia, el uso de materias y objetos, trabajos, etc, las diversas formas que nos ofrece nos permite construir personajes muy variados para que dos partidas no tengan que ser completamente iguales.

Como nota de color el hecho de que existan tres personajes que de una manera u otra han salido en casi todas las entregas de Final Fantasy: Wedge, Biggs y Cid. Los dos primeros son vistos en muchas entregas como figuras cómicas. Sirven como elementos familiares y secundarios -normalmente-. Esperamos cada una de sus apariciones como agua de mayo.

La importancia de una buena historia

Final Fantasy franquicia

Con Final Fantasy VII descubrimos que grandes historias podían ser contadas para ser jugadas. Las siguientes entregas reforzaron esa idea, y los jugadores respondieron en consonancia. En tiempos en los que el pirateo era sencillo y estaba a la orden del día, las tres entregas y la primera en PS2 tuvieron cifras de ventas millonarias. Si nos ofrecían historias redondas, el público respondía de manera favorable. El mensaje parecía claro, esto nos gustaba y queríamos más.

Además, en todos los casos descubrimos videojuegos con historias que iban más allá de la trama. Nos proponían un viaje emocional. Las motivaciones de los personajes brotaban por todos lados y los giros de guion parecían norma. No podías prevenir lo que estaba por ocurrir. Esa montaña rusa de emociones nos quedaría más clara que nunca con el personaje de Aeris. Lo que sufrimos entonces y lo que aquello dolió es una herida que difícilmente cicatrizará. Sirvió para madurar en nuestra manera de afrontar el entretenimiento. Historia del videojuego.

A esas grandes historias y personajes inolvidables se les unían más cosas. Como por ejemplo las enormes bandas sonoras compuestas por Nobuo Uematsu. O los minijuegos que jalonan las aventuras que vivimos con los protagonistas, ya sean juegos de cartas como la Triple Triada de Final Fantasy VIII, saltar a la comba en Final Fantasy IX, el Blitzball en Final Fantasy X o todo lo que podíamos hacer en Gold Saucer en Final Fantasy VII. ¿Y las carreras de Chocobos? ¿Y los Chocobos en general?

Amén de aspectos que en su momento nos parecían espectaculares como esas cinemáticas que para la época nos parecían de otro planeta. Parecían ir más allá del cine y nosotros con los ojos como platos y la boca abierta de par en par. Qué gráficos veíamos. Qué escenas. Y las invocaciones. Yo era un tipo feliz cada vez que veía una invocación -o Guardian de la Fuerza o como quieras llamarlo- en pantalla. Cada vez que veíamos una en pantalla, con sus efectos incluidos, era una celebración.

Todo eso es Final Fantasy. Una franquicia que nos ha acompañado a lo largo y ancho de la historia de los videojuegos. Una que puso de moda el JRPG. Una de la que siempre esperamos más. Y en aquellos finales de los 90 y principios de los 2000, desde Final Fantasy VII hasta Final Fantasy X, yo fui un chaval feliz cada vez que encendía la consola o el ordenador para jugar sus historias. Para vivirlas. ¿Mi favorito? Nunca olvidaré el fin de semana largo que pasé con Final Fantasy IX: enfermo, sin energías para levantarme de la cama y con un juego -y guía- nuevos. Justo después de su lanzamiento. No tuve mejor plan y, desde entonces, quedó marcado en mi memoria como una maravilla. ¿Cuál es tu Final Fantasy favorito?