El cine y la televisión han contado cientos de historias sobre la Mafia. Gángsters de leyenda que han dejado huella en la cultura popular de uno y otro lado del charco. Desde grandes mitos del crimen organizado como Al Capone, Lucky Luciano o Frank Costello a los Vito Corleone o Tony Montana de la gran pantalla, pasando por los televisivos Tony Soprano, Tommy Shelby o ‘Stringer’ Bell, nombres que han quedado grabados bajo un halo que mezcla curiosidad, fascinación y respeto. Las jerarquías, las ansias de poder y el dinero se mezclan en sus tramas con los asesinatos, las drogas, alcohol, y prostitución. La superación personal de sus protagonistas tiende a unirse con sus inmisericordes caídas a los infiernos, en unas historias en su mayoría crudas, potentes, de muchas sombras y pocas luces, pero con un magnetismo y una atracción indiscutibles. Uno alcanza a imaginar los locos años veinte o la dura década de los treinta y con ello a los niños de barrio de los Chicago o Nueva York de entonces, donde como mucho se aspiraba a una vida de penurias y complicaciones. Eran tiempos difíciles y aquellos niños que sufrían con sus familias para seguir adelante disfrutaban con los relatos de esos grandes y pequeños mafiosos de los que oían hablar. Eran esos mismos relatos los que insuflaban energía a las figuras que hacían del hampa su modo de vida. Para esos niños hubo un momento en el que compartir juegos significaba ser cowboys del oeste o soñar con batear como Babe Ruth o Joe Di Maggio, pero esa inocencia dio paso a juegos en los que encarnaban a los grandes mafiosos o incluso a algunos simples vecinos del barrio de vida dudosa y criminal, personas y amigos a los que veían día sí, día también. En muchos casos esa fascinación por sus vidas acabaría llevándoles a seguir sus pasos, quizá hasta unirse a ellos en un destino fatal que en muchos casos venía definido con cartas marcadas.

Quizá Giorgio Chinaglia soñaba con aquellas historias y películas mientras crecía en Gales. Nacido en la Toscana, su familia tuvo que emigrar en busca de prosperidad y un futuro mejor. No era Chinaglia un tipo rodeado de gente de mal vivir, gángsters que tuvieran que hacer cualquier cosa con tal de satisfacer a los suyos. Pero Chinaglia siempre dejó la sensación de querer ser como ellos, o cuanto menos ser aceptado entre ellos. Sus amistades no fueron las mejores, su modo de vida, especialmente en sus años en Nueva York, giró hacia lo estrambótico, para con el paso de los años hacer directamente negocios con ellos o en su nombre. Esta es la historia de un futbolista que convivía con una pistola a la que parecía querer tanto como a su mujer. No se separaba de ella ni en el vestuario, algo que resultaba habitual en la Lazio con la que fue campeón en los setenta. Es la historia de un hombre que quiso reinar marcando goles y lo logró, pero también es la historia de alguien que quiso reinar fuera del césped y acabó enganchado con la justicia italiana por sus malas compañías. Y por sus extrañas o al menos peculiares formas de negociar. Quizá a Chinaglia le hubiera gustado hacer de gángster en Hollywood. Aspecto de ello tenía. La explosiva mezcla de todo lo que rodea a su figura está pidiendo a gritos un biopic a la altura de un personaje muy peculiar.

Giorgio Chinaglia

Quién sabe si soñó con lo que vendría después cuando empezaba a darle patadas al balón en Swansea. Allí intentó labrarse un futuro como futbolista sin éxito, quedándole claro ante la ausencia de oportunidades que si quería ser alguien en el fútbol debía volver a su Italia natal. De Gales se llevó su estilo de juego físico y potente, los goles llegarían después. También se llevó una sanción de tres años sin poder jugar en la Serie A al haber sido profesional en el extranjero, lo que le llevó a la Serie C en las filas del toscano Massese, cerca de su Carrara natal. De ahí viajó al sur, a un Nápoles en donde vistió los colores del Internapolitano. Nada se sabe sobre si fue ahí donde comenzó a coquetear con la Mafia y a soñar con ser uno de ellos. El siguiente pasó marcó su carrera y su vida. En 1969 firma por una Lazio que acababa de ascender a la Serie A, gracias a haberse labrado una buena fama como goleador en el calcio. Tras unos años irregulares Tommaso Maestrelli toma el banquillo y forma un equipo con carácter y aguerrido al que resulta difícil derribar. Sobre el campo iban eran un bloque, una división de soldados dispuesta a cualquier cosa con tal de no perder terreno. Fuera de ella la vida real era muy diferente. El grupo estaba dividido en dos bloques enfrentados e irreconciliables, como si de dos clanes mafiosos se tratara. Cada uno de ellos contaba con su capo. Por un lado el defensa Gigi Martini, en el otro, como no podía ser de otra manera, Giorgio Chinaglia. Una plantilla llena de filofascistas y amantes de las armas que era incapaz de convivir junta en el vestuario. Raro era el entrenamiento o partido en el que no había problemas, antes o después, y resultaba complicado saber como terminaría cada rifirrafe teniendo en cuenta que casi todo el plantel llevaba su pistola encima en todo momento.

Los tifosi del Lazio se desvivían por aquel grupo de locos, especialmente sus ultras. Al fin y al cabo si algo les describe es su ideología fascista, que ni esconden ni escondían entonces. Y Chinaglia se convirtió en su ojito derecho. Tras rozar el Scudetto en 1973 perdiendo el título en la última jornada, sus 24 goles en la siguiente le convirtieron en capocannoniere y dio el primer entorchado liguero a la Lazio. El nombre de Chinaglia quedó grabado para siempre en la historia del club, siendo reconocido por sus seguidores como el mejor jugador de su historia. Pero eso era poco para él. Tras problemas internos con la selección de Italia en el Mundial de 1974, su complicado carácter parecía difícil de controlar en el calcio. Apenas dos años después decidió hacer las maletas y tomar un avión a Nueva York para convertirse en el amo y señor del Cosmos. Aquel era el equipo en el que brillaron estrellas de la envergadura de Pelé, Carlos Alberto, Neeskens o Beckenbauer, pero fue un lugar donde mandó uno solo: Chinaglia. A diferencia de ellos el italiano llegó cuando aún estaba en lo mejor de su carrera, al contrario que el resto de estrellas que volaban a Estados Unidos a retirarse, lucirse y cobrar el cheque por poco esfuerzo. Se ganó el cariño de los aficionados con títulos y goles, también el del dueño del Cosmos –Steve Ross-, llegando a decidir en la suerte de diferentes profesionales de la entidad e incluso sobre el entrenador. Todo parecía necesitar el consentimiento de Chinaglia. Incluso Pelé, a quien puso en su sitio cuando el brasileño se quejó por su forma de jugar y acaparar protagonismo. “Soy Chinaglia. Si disparo desde un lugar es porque Chinaglia puede marcar desde ahí”.

Fuera del césped, la vida de la Gran Manzana enamoró al italiano. Allí sentía que brillaba aún más si cabe. Las estrellas del momento se unían a él, el Cosmos estaba de moda y él era el jefe. Sabía actuar como la estrella que era, luciéndose en las mejores fiestas y eventos, apareciendo en el vestuario y ante la prensa vistiendo trajes impolutos. Su imagen trascendía a la del simple futbolista. Pero todo cambió cuando las luces de los estadios se apagaron. Le ocurre a muchos deportistas, cuando los flashes dejan de saltar de repente todo se complica ya que el resto del mundo deja de bailar a su son. Pero Chinaglia supo reinventarse convirtiéndose en presidente de la Lazio, su Lazio, de 1983 a 1985. No le duró demasiado el capricho. El club acabó descendiendo a la Serie B tras verse inmerso en un escándalo de corrupción, y Chinaglia acabó siendo suspendido ocho meses por amenazar a un árbitro. Aquel colegiado vivió en primera persona las formas del ya ex delantero. Esa querencia por ser un gángster empleando las maneras de un matón de barrio. O conmigo o contra mí y más te vale estar conmigo. Ni le funcionó en esa ocasión ni en entre 2004 y 2006 cuando primero intentó hacerse con el Foggia y después con la Lazio. Su Lazio, sí, a la que uno llega a pensar que no le desearía jamás ningún mal, la que nunca le había fallado. Él estuvo a punto de hacerlo. Aunque ya había sido investigado por fraude cuando quiso hacerse con el Foggia, insistió en volver al fútbol y entonces cavó su tumba. Se presentó ante el presidente lazial Claudio Lotito con una oferta de esas que no podría rechazar. Sobre el papel una compañía hungara quería hacerse con el poder del club. Los ultras del club apretaron e incluso amenazaron a Lotito para que aceptase la oferta. El ídolo debía volver al club por lo civil o lo criminal. Pero Lotito algo debió ver que no le gustó. Dos años después se descubrió el pastel, dicha empresa hungara era una tapadera de la familia Casalesi, una de las más importantes de la Camorra.

Ahí fue cuando el personaje dejó de solo vestir el traje de gángster para ser uno más. Chinaglia dejaba atrás la figura de futbolista filofascista de vida alegre y se convertía en uno más entre los cercanos a la Mafia. Fue acusado de extorsión, lavado de dinero y vínculos con la Camorra entre otros cargos. Poco más volvió a saberse de él, salvo que quedó en busca y captura por la justicia italiana. El hombre que tan valiente era en el terreno de juego y fuera de él pistola en mano, quedó reducido a alguien incapaz de desquitarse de la cobardía para cumplir con lo que el juez le tuviera reservado. No hubo posibilidad de arrepentimiento. Quien sabe si Chinaglia se hubiera visto en la situación de tener que emplear la Omertá. El personaje acabó consumido por su propia sensación de invencibilidad. Esa que comparten muchos mafiosos y entre ellos los más grandes del crimen organizado. Siente que están por encima de todo y que nada podrá con ellos, pero a veces la realidad les golpea de vuelta. Al fin y al cabo Chinaglia solo era un buen futbolista con ganas de ser el chico malo de la película.