Cuando menos lo esperas, te cambia la vida. Te levantas, desayunas, vas a trabajar, quedas con tus amigos familia, malgastas minutos delante del televisor y vuelta a empezar. Un bucle de rutina, de normalidad. Hasta que un día cualquiera, un día de agosto soleado -no muy común en Bilbao- en el que planearías ir a la playa, o ir a tomar una cerveza con amigos después del trabajo, añades la palabra cáncer a tu vocabulario.

Soy enfermera, que no es lo mismo decir que trabajo como enfermera. Vocacional, pasional, quizá a veces monotemática. De esas personas pesadas que les encanta su trabajo y hablar de él. No te puedes dividir, es un estado continuo, es ver que alguien se encuentra mal y te conviertes en un actor de Los Vigilantes de la Playa corriendo a cámara lenta y con un ventilador agitando tu pelo, como si no existiese nada más. Por mi trabajo, huelga decir que he visto miles de personas con otras tantas patologías y circunstancias.

No te imaginas todo lo que te puede pasar hasta que convives con esas dosis de realidad diarias. Nadie se libra de la guillotina, no hay rango de edad, no hay un “es que me estoy haciendo mayor”, no existe el milagro. Todos estamos en el mismo bombo, todos tenemos un número, y el factor suerte juega su baza. Yo no iba a ser alguien especial, y me tocó en el sorteo un cáncer de mama infiltrante ductal. Si te lo dicen en chino creo que produce el mismo efecto.

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No soy más valiente que nadie, ni más guerrera, ni más desafortunada. Solo soy una chica de 31 años, con mis defectos, sueños y planes. Plan, que bonita palabra. Nos pasamos la vida ensayando para lo que pensamos va a ser la función principal. Craso error. Siempre he disfrutado de la vida, no me puedo quejar, soy una persona muy activa y exprimo los minutos del día. Ahora recibo todo tipo de consejos fútiles. “Verás como esto te sirve para ver la vida desde otra perspectiva”. “No hay mal que por bien no venga”. “Bueno, mejor ahora que más adelante…”

Todo mentira, nadie necesita esto. El cáncer es un mazazo en tu vida y tienes que capearlo con la mayor elegancia posible. Lo peor es lidiar con la mala noticia, decir a todas las personas que quieres que tu vida ha dado un giro de 180 grados. Tienes que respetar que cada uno lo procese a su manera, pero resulta una tarea ardua cuando estás acostumbrada a ser el payasete con cascabeles y pasas a ser un cachorrito al que todo el mundo mira con ojos tiernos.

Ese bienestar y estado de confort al que estabas acostumbrada desaparece. El cáncer te hace sufrir cambios físicos y emocionales que no puedes evitar. El optimismo prima, pero te das permiso a tener tus momentos de bajón en los que te retroalimentas en el sofá y te conviertes en la persona más miserable de la tierra. Esos días rojos de Holly Golightly se vuelven más frecuentes. Te lames las heridas y a la calle de nuevo. Sacas fuerzas de las esquinas, pero las sacas, porque sigues siendo tú, porque sigues siendo la misma persona solo que con un nuevo hándicap.

El humor es mi escudo, el que me levanta, la quimioterapia no ha podido matar mi sarcasmo. Normalizo que se me caiga el moco encima de la taza, que parezca un Minion con tres pelillos largos que despuntan en mi cabeza desértica, que el color gris de piel vuelva a estar de moda y que el pis rosa mole porque es igual que el de los unicornios. Los días van pasando y tu cuerpo va convirtiéndose en algo que se parece a lo que fuiste. Pero solo parece.

Al conocer la noticia, empezaron a brotar más casos a mi alrededor, nunca hubiese imaginado cuantísimas personas luchadoras a la fuerza existen. Hasta que no formas parte de este grupo no tan selecto, no eres consciente de las mujeres que están en tu misma situación. No sé explicar como profesional porqué hay tantísimos nuevos casos en gente joven. Realmente, ni yo ni nadie. Me hace gracia cuando se culpa al estilo de vida, al ejercicio, la alimentación… Se supone que si lo haces todo bien no te toca. Y una mierda. Siempre me he cuidado, y realizado revisiones ginecológicas, y un día te notas un bulto en el pecho y comienza la batalla.

Las revisiones privadas, por supuesto, porque en el teórico mejor sistema sanitario de este país -Osakidetza, Gobierno Vasco- no entran en el plan de salud las revisiones ginecológicas. Se nos llena la boca de lo bien que funciona sin recaer en sus carencias. Al fin y al cabo en el país de los ciegos el tuerto es el rey. Mujeres vascas, ir ahorrando mes a mes en un cerdito porque te puede costar la vida, y los de arriba seguirán durmiendo tranquilos. Quizás porque tienen algo entre las piernas que les ocupa demasiada atención como para mirar para otro lado. En definitiva, tener la menstruación es un lujo. Les hablaría de las personas, de nuestras vidas, inquietudes, preocupaciones… pero sé que eso no es lo que importa.

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Vivimos en un mundo impersonal, donde las políticas se basan en números. Una revisión anual puede suponer mucho para muchas mujeres que no pueden permitirse un seguro privado. Concienciar a la población de que las revisiones periódicas salvan vidas es difícil de argumentar cuando parecen el privilegio de unos pocos. La mayoría de las mujeres que conozco no se han realizado una revisión en años, o nunca han pisado una consulta ginecológica. Hablaría del gasto que supone una citología o una ecografía, ni qué decir tiene un tratamiento quimioterápico o una mastectomía pero no quiero caer en lo económico. Hay una historia detrás de cada nuevo caso de cáncer de mama, y gracias a los avances se puede decir que 9 de cada 10 casos tienen un final feliz. Pero estamos en el arcaico todavía, queda mucho por luchar y muchas guerreras que merecen vivir.

Insisto en humanizar las cifras, en ser conscientes de que estamos viviendo una nueva epidemia del siglo XXI, y pensar en que nuestras hijas, madres, mujeres o hermanas merecen una oportunidad. Las revisiones salvan vidas, que nunca se nos olvide. Debemos concienciarnos de que no es un lujo de pocos. Tenemos derecho a vivir y a tener calidad de vida. Normalicemos los días rojos, las caras grises y la orina rosa, solo son efectos colaterales de una batalla hacia el futuro. Un futuro para mí y para muchas, porque la historia continúa y casi siempre tiene un final feliz.