Creer en The Leftovers… y acertar

La fe y la dicotomía entre creer o no creer. Al final todo se reducía a eso. The Leftovers nos abandona definitivamente, dejando un excelente cierre para su tercera temporada. Damon Lindelof y Tom Perrotta han sabido dar con la tecla y contentar a todos los seguidores de una gran serie. Una de las mejores de los últimos años. Impactante y sobrecogedora, The Leftovers no ha dejado indiferente a aquellos que le dieron una oportunidad. No parecía sencillo darle un buen final, pero el resultado logrado es excelente y nos deja un buen sabor de boca.

Seamos sinceros: quien más y quien menos tenía dudas sobre el final que Lindelof le daría a The Leftovers. La controversia que generó el último episodio de Lost sigue coleando y es algo que le acompañará durante toda su carrera. Sin embargo en esta ocasión ha decidido empezar a redimirse. Es cierto que Lost y The Leftovers son productos bastante diferenciados, pero cuentan con puntos en común. Como la importancia que la fe ha jugado en algunos personajes, o la incapacidad de otros para aceptar aquello que no ven sus ojos. Esto que veíamos personificado en Locke y Jack en Lost, aquí se extiende casi entre todos sus protagonistas, dividiendo a unos y otros alrededor de esa delgada línea que separa fe y razón.

Decíamos tras su segunda temporada que Leftovers era una constante lucha emocional, una muestra de como encaja el ser humano los duros golpes que le da la vida. El principal leitmotiv de la serie de HBO no era saber lo que ocurrió aquel 14 de octubre en el que la Ascensión se llevó al 2% de la humanidad, sino saber si el 98% restante era capaz de superarlo. Y cómo intentaban superarlo. Ahora, en la tercera y última temporada, la serie persiste en esa idea, para además exponernos de una manera más clara esa dicotomía de la que hablamos. Por momentos, de hecho, casi el total de los personajes parecen estar dispuestos a creer, de una manera u otra.

En cierto modo nos toca tratar a The Leftovers casi como a una religión. Tiene sus dogmas y te toca aceptarlos, sí o sí, para disfrutar en plenitud de un viaje como pocos se han podido ver en los últimos años. El público no la ha acompañado en plenitud como a otros entretenimientos más sencillos, pero sumergirse en lo que Perrotta y Lindelof han creado es una experiencia única, diferente. Con esta serie uno paladea cada diálogo como si de un plato de alta cocina se tratase, sabiendo que estás ante algo especial e intentando quedarte con todos los matices que rodean a lo que tienes ante tus ojos, sabiendo que es una experiencia breve y que tan pronto llega, se va.

The Leftovers

Esta tercera y última temporada nos ha dado momentos inolvidables, como los dos últimos episodios o la claridad de Laurie, y cómo no, el viaje diferente y compartido por Kevin y Nora, una pareja extraña, casi tal para cual. Hemos disfrutado con la segunda parte -o final- de ‘International Assasin‘, aquel excelente onírico capítulo de la segunda temporada, protagonizado por Kevin. Sin olvidar el excelente trabajo visual, ahora en Australia, y el de una banda sonora que ha vuelto a rayar la perfección. Cada canción, cada plano, parecía estudiado al milímetro. Del trabajo actoral solo queda volver a destacarlos a todos. Sí, a todos. Pero en especial a Carrie Coon y Justin Theroux, que nos han ayudado a creer en ellos, en su historia, en ese mundo distópico. Han conseguido que los caminos recorridos por Nora y Kevin sean también nuestros.

Hubo un tiempo en el que ver The Leftovers implicaba hacerlo en soledad, casi como un exiliado del resto del mundo. Costaba encontrar alguien con quien hablar durante horas sobre la serie. Pero con el boca a boca y seguro que la insistencia de los que nos enamoramos a primera vista de ella, ha sido con su temporada final cuando se nota que su buena fama se ha extendido. Los que la seguimos desde el primer momento siempre tuvimos la sensación de que el mundo se estaba perdiendo algo -y perdonen estas ínfulas de salvador-. En cambio, sea por el motivo que sea, hoy es más reconocida aún si cabe. Y lo celebramos. Porque su difícil -por lo diferente- y excelente primera temporada hizo que muchos se perdieran lo que ha sido una de las series de la década -si es que no se reengancharon después-. Cartas sobre la mesa: esta es una de esas series que se queda a solo un peldaño de las grandes, de los Soprano, The Wire, Six Feet Under y compañía. Si es que no las toca.

El final de The Leftovers tiene algo malo, sí. Que se acaba. Que nuestros cuerpos nos pidan más de esta droga es positivo. Síntoma del gran trabajo realizado por Lindelof y Perrotta, del gran regusto que nos han dejado. Esta es una de esas series que tras conseguir digerir su final, algo que ocurre con el paso de los días -y que ha venido ocurriendo durante sus tres temporadas-, nos pide volverla a ver. Pero el final es el que es, y el que debía ser. Perfecto. Dejando en nuestras manos qué ver en su final. Qué pensar de todo lo que nos han ofrecido. Del sentido que tenía cada diálogo, cada pensamiento de los personajes, cada reacción. Al final, es el espectador el que decide. Creer o no creer. Todo eso y nada más.

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