Amundsen, Scott y la carrera al Polo Sur

Hace un siglo aún quedaban aventuras por emprender en la Tierra. Lugares a los que acudir para hacer historia. La prensa de entonces narraba estos acontecimientos con toda la pompa y épica que los personajes y sus aventuras merecían. Los lectores y el público devoraban con ansia estas crónicas. Aquellos que las realizaban eran héroes. Normalmente recibidos en su país con todo tipo de loas y alabanzas. Es fácil entender que, con la gloria a la vista, aún hubiera valientes con ganas de conquistar el Polo Sur. Y hasta allí que se fueron en 1911 el noruego Roald Amundsen y el británico Robert Scott, en dos expediciones enemigas que terminarían de muy diferente manera. Porque no solo importaba llegar, sino hacerlo el primero. Hasta la escalada de los ochomiles, la carrera por el Polo Sur fue una de las últimas grandes epopeyas de la era moderna. A partir de aquel momento los descubrimientos tuvieron que mirar más allá, fuera del planeta.

Para Roald Amundsen era casi una cuestión de honor. El orgullo de ser el primero estaba en juego, sí, pero también el honor en su caso. Porque su preparación arrancó en algunos años antes de la intentona, pero con la mente puesta en el Polo Norte, aún sin pisar. Para su desgracia, Robert Peary afirmó haber llegado en 1909. Algo que posteriormente se demostraría falso, pero que nadie sabría con certeza hasta finales del siglo XX. Las discrepancias en torno a la aventura de Peary no han cesado desde entonces. Pero esa es una historia diferente. Cuando Amundsen se enteró de aquel hecho, decidió que tocaba cambiar de planes. Nada más. Ni mucho menos darse por derrotados. Hombre decidido, tenía claro que en sus manos estaba la posibilidad de hacer historia. Continuó con los preparativos como si nada hubiera ocurrido. Sabiendo él y solo él que la aventura había cambiado. Que del Norte irían al Sur. Y solo el lo supo hasta casi el final, cuando ya sus compañeros de viaje comprobaron que no enfilaban el camino hacia el norte desde su Noruega natal. Al contrario, se dirigieron a Portugal, Madeira, como etapa intermedia.

Para la complicada empresa que se le venía encima, Amundsen fue muy cuidadoso a la hora de prepararse. Un aspecto del que no puede decirse lo mismo sobre Scott. El británico cometió errores que acabaría pagando caro. Con su vida. Tres fueron los fallos más graves. En primer lugar decidir atacar el Polo Sur desde el estrecho de McMurdo, lo que suponía añadir unos cien kilómetros extra. Cuando peleas contra temperaturas extremas, el hielo, el viento, la nieve, hay que medir muy bien hasta el último metro. Y esos cien kilómetros de más fueron clave. Como lo fue el hecho de no apostar por los perros como animales de ayuda. Se decidieron por los ponis y aquello resultó fatal. Para los animales fue un infierno, con las pezuñas hundiéndose en la nieve. Y para redondearlo, Scott no se atrevió a alimentar al resto de ponis -o ellos mismos- con los restos que dejaban los animales muertos. Y por último, el carácter científico de la Expedición Terra Nova -así se conocía la aventura de Robert Scott- hizo que fuesen acumulando materiales que hacían más pesada y lenta su marcha. Acabarían pereciendo a solo 18 kilómetros de uno de sus campamentos base. Corregir uno solo de esos errores les hubiera mantenido con vida.

Amundsen, Scott y la carrera al Polo Sur

Para Amundsen todo fue diferente. No un camino de rosas. Pero sí distinto. Las condiciones seguían siendo igual de adversas para él y su equipo, pero su preparación fue muy superior. Recorrieron menos distancia -hasta se permitieron alardear de lo cómodo y bonito del trayecto-, no tuvieron reparos en alimentar a sus perros con los animales que fallecían, e incluso aprovechar ellos esa comida. El 14 de diciembre de 1911 tocaron con sus pies y manos el Polo Sur, dejando para la historia una bandera noruega y una tienda de campaña con dos cartas: una para el Rey Haakon de Noruega, y otra para el propio Robert Scott. Demostrando no ser un buen ganador, queriendo regodearse en la victoria, en la carta para Scott Amundsen le pedía al británico que, por favor, entregase a Haakon la carta en cuestión. Por si no fuera poco con la derrota en la carrera, Scott, militar de oficio, padecía la humillación de su rival.

Pero no todo serían alegrías para Amundsen. Hizo historia, sí, pero la gloria y las narraciones fueron para Scott. La épica de su aventura fue superior. Por cruel que suene, la muerte llega a embellecer algunas epopeyas. La lírica y literatura agradece más una historia como la de Scott. Durante años era el británico el que acaparaba la atención, hasta que en las últimas décadas del siglo XX hubo quien decidió revisionar el cómo de la aventura de Scott. Ahí, el mito perdió mito. Se hizo humano. El daño para el orgulloso Amundsen ya estaba hecho. No se lo podrían reparar.

Y como remate, en su país quedaría para siempre relegado a un segundo plano. En una carrera paralela por la gloria nacional, Amundsen no estaría ni siquiera cerca del principal explorador de Noruega. La gloria del país escandinavo queda reservada para Fridtjof Nansen, no en vano considerado el padre de la exploración polar moderna. Nansen además fue clave en la aventura de Amundsen. Fue el que puso los cimientos. Quien incluso le cedió el barco. Fue Premio Nobel. Para Amundsen queda, eso sí, el perenne dato de ser él quien puso el primer pie en el Polo Sur. Su nombre queda escrito en la historia. Y eso bien compensa las penurias, ninguneos y sufrimientos que tuvieron que afrontar en aquella carrera.

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