La nueva modernidad o cuando los Reyes se tornaron pornógrafos

Madrid a principios del siglo XXExisten en la historia de la humanidad momentos de zozobra en los que la necesidad de encontrar nuevas sendas a recorrer ha motivado la aparición de proyectos e individuos geniales. En otras ocasiones, esas mismas coyunturas críticas lo que han propiciado es la aparición de ocurrencias y personajes mucho más estrambóticos. Uno de estos periodos de intenso cambio en los que se espoleó la creatividad en todas sus direcciones, desde las más sublimes hasta las más ridículas, fue el nacimiento y auge de la modernidad industrial y la sociedad de masas, ocurrida durante el último tercio del siglo XIX y primeros decenios del siglo XX.

Es el momento en que el levantamiento de las grandes fábricas y sus característicos altos hornos sepultaban los modos tradicionales de vida y en el que desde los estadios deportivos y mítines políticos se jaleaba el fin del viejo mundo. El propio paisaje se transformaba: las ciudades se adaptaban a las nuevas ideas de la segregación social del espacio. Aparecieron los característicos ensanches de amplias avenidas y ordenadas manzanas dispuestas para satisfacer las exigencias de la burguesía, al tiempo que en los cascos históricos y las nuevas periferias urbanas se hacinaban las masas de trabajadores que habían acudido atraídos por la demanda de mano de obra barata que requería el despegue industrial.

Pese a la magnitud de la mutación social e ideológica que se produjo los acontecimientos se precipitaron aceleradamente, produciéndose en el lapso de escasas generaciones y permitiendo a los propios individuos la percepción vertiginosa del cambio que se experimentaba a su alrededor. La experimentación de este contexto, punto de inflexión en la evolución de la sociedad occidental, se saldó con una suerte de crisis existencial colectiva. Los valores que conformaban la cosmovisión dominante hasta ese momento se erosionaron, resquebrajando lo que Peter Berger llamó el dosel sagrado: el relato explicativo del origen del universo que trata de dar sentido a la existencia humana y protege del frío helador del vacío. La confianza en la capacidad del hombre para alcanzar cotas cada vez mayores de progreso, de domeñar los elementos naturales por medio de su voluntad y de conducir a la plasmación física de la trilogía liberal –igualdad, fraternidad y libertad- se fue viniendo abajo. El mundo se había mostrado demasiado refractario ante el optimismo ingenuo de la hombres. Los ciclos revolucionarios de la primera mitad del siglo XIX habían llegado y habían pasado sin conseguir sus aspiraciones y la materialización de los desafíos intrínsecos de la modernidad se reveló como demasiado desafiante para el viejo orden liberal.

La sensación de desorientación se extendió por amplias capas sociales. La necesidad de plasmar unas inquietudes desconocidas hasta entonces motivó la renovación del vocabulario expresivo, promocionando el desarrollo de las grandes vanguardias e ismos artísticos. Una de las mejores y más conocidas plasmaciones visuales de esta anomia espiritual a la que nos referimos es El grito del expresionista noruego Edvard Munch, pero se pueden esgrimir otros muchos ejemplos, como la obra de Franz Kafka, infatigable en su empeño de retratar la extrañeza del absurdo y la falta de sentido del mundo exterior, o la ya célebre hambre de Dios unamuniana.

De hecho, y por paradójico que pueda parecer en un mundo de progreso tecnológico e intensa secularización, la religión jugó un papel destacado en todo este proceso. Nuevos movimientos políticos de corte palingenésico se convirtieron en depositarios de trascendencia dando origen a las religiones políticas tan características de la primera mitad del siglo XX: el socialismo proclamaba la instauración de la sociedad sin clases del mañana como si fuese el Paraíso en la tierra y el fascismo anunciaba la aparición de un nuevo hombre que despreciaba la reflexión y erigía su propia voluntad como escala última del bien y el mal. Pero también prácticas y conjuntos de creencias más próximas a las formas de religiosidad tradicionales se fueron extendiendo. El ocultismo y el espiritismo causaron furor en el mundo anglosajón, especialmente tras la Gran Guerra con su promesa de re-contactar con los seres queridos desaparecidos en la confrontación bélica. En 1875 se fundó en Nueva York la Sociedad Teosófica, que, partiendo de la fascinación que causó el descubrimiento del mundo oriental, propugnaba una nueva fórmula de espiritualidad que sincretizaba elementos cristianos, hinduistas y budistas con la tradición esotérica occidental como vía para alcanzar el conocimiento de Dios por medio de la elevación espiritual personal.

Alfonso XIII rey de España y pornógrafo

Y en medio de esta tormenta de angustia existencial y búsqueda de alternativas apareció una figura cuya dimensión de pionero ha quedado relegada a un segundo plano frente a otras de sus facetas. Era un hombre devoto y practicante de las costumbres y aficiones arraigadas en su familia que decidió dar un paso más allá, insertando en el centro mismo de la modernidad uno de sus hobbies favoritos, el sexo. Este hombre no era otro sino el monarca español Alfonso XIII, que mientras asistía a la reformulación del papel de la monarquía en las sociedades modernas por medio de las teorías corporativistas se quiso asegurar de dotar de trascendencia al propio acto sexual mediante su preservación por medios técnicos. Sin tanta palabrería: se dedicó al porno. Hasta donde sabemos no como actor pero sí como productor y entusiasta espectador. Alfonso XIII prefiguraría y allanaría el camino de tantos y tantas onanistas de nuestros días con su contribución a la introducción de una industria pornográfica en España.

En esta empresa contó con la cooperación necesaria de dos de los introductores del cine en nuestro país, los hermanos Baños, Ramón y Ricardo. Nacidos en el último tercio del siglo XIX en el seno de una familia acomodada barcelonesa mostraron desde bien jóvenes inclinación por todo aquello que la modernidad les brindaba: la automoción, la fotografía, la práctica deportiva, y, sobre todo, el cine, que convertirían en su forma de vida. El mayor de los hermanos, Ricardo, se estableció en París, meca cinematográfica del momento. donde se formó como camarógrafo. Más tarde regresó a su ciudad natal y se convirtió en uno de los principales introductores e impulsores del cine en tierras peninsulares. Por medio de sus productoras, primero Hispano Films, en asociación con Albert Marro, y después, ya en solitario, Royal Films, sacó a la luz más de 90 proyectos, entre los que se encontraban algunos de los títulos más importantes de las primeras décadas del siglo XX en España como Bohemios (1905), Secreto de confesión (1906), Locura de amor (1909) o La malquerida (1914).

Como era habitual en estos momentos fundacionales, previos al triunfo de la concepción narrativista del cine, los hermanos Baños se dedicaron a filmar las cosas más dispares, desde documentales bélicos, Guerra de Melilla (1909), hasta sesiones de entrenamiento de púgiles, El boxeador Spalla, entrenándose (1917). Y también películas pornográficas, que ya en aquel entonces se proyectaban a puerta cerrada en algunas salas para hombres de cierta posición social. Y es aquí, en esta vertiente más naturalista del trabajo de los Baños, en que sus pasos se cruzaron con los de Alfonso XIII. El monarca ya había mostrado interés por las virtudes del incipiente séptimo arte y contactó con los hermanos catalanes para que filmasen con fines propagandísticos algunos de sus actos oficiales y visitas a localidades españolas. Pero pronto se interesó también por las posibilidades menos ortodoxas de la técnica cinematográfica y encargó a Ricardo Baños la realización de al menos tres películas porno, El confesor, Consultorio de señoras y El ministro. Desconocemos si existió algún encargo más, ya que éstos han sido los únicos títulos que han sobrevivido hasta nuestros días, encontrándose en la actualidad depositados en la Filmoteca Valenciana.

Los tres títulos guardan fuertes parecidos a nivel argumental. Una figura con poder o ascendente, un cura, un médico y un ministro respectivamente, se valen de sus posiciones para mantener relaciones con pobres señoras que han acudido a ellos buscando su ayuda. Desde una perspectiva más amplia se podría incluso señalar que buena parte del cine porno reciente ha continuado reproduciendo esquemas similares. Existe un camino directo y lineal entre los Borbones españoles y Nacho Torbellino.

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