Master of None se mejora a sí misma en su segunda temporada

Master of None ha vuelto a Netflix y lo ha hecho de la única manera posible: a lo grande. Su primera temporada nos enganchó y nos encantó, y esta segunda ha profundizado en esas sensaciones. Porque ha reforzado sus virtudes y mejorados sus defectos. El resumen más simple y claro de su segunda temporada lo podemos hacer con una sencilla afirmación: nos tiene enamorados. Por su manera de ver las relaciones humanas, las románticas, las minorías, la sexualidad, el día a día. Por su normalidad. Por ser real y cercana. Creíble. Y por el buen hacer en sus guiones, dirección y producción. Por su belleza cinematográfica. Sí, Master of None nos gusta. Y mucho.

Aziz Ansari y Alan Yang lo han vuelto a hacer. Aunque se pusieron el listón alto tras la primera temporada, han conseguido asombrarnos de nuevo. Algo que tiene mucho mérito teniendo en cuenta el tipo de serie del que hablamos, una sitcom con el romance como arco central. Nada nuevo. Pero es la manera de contar las cosas lo que nos engancha. Basta con ver el primer episodio de esta segunda temporada para entenderlo –”The Thief”-. Encontramos a Dev en Italia, aprendiendo a hacer pasta, en el mismo lugar en el que le habíamos dejado tras el series finale de la primera. Pronto empezamos a apreciarlo todo. En blanco y negro. El homenaje al neorrealismo italiano, a una manera de hacer cine y de contar historias, se palpa en cada encuadre y escena. Sentimos las influencias de Federico Fellini y sus contemporáneos. Vemos una versión moderna del Ladrón de Bicicletas de Vittorio de Sica, cambiando la bicicleta por un teléfono móvil. Lo clásico llevado al siglo XXI.

Master of None ha afinado su producción, en todos los aspectos. Han conseguido ofrecer un producto más bello, más completo. Volamos al final del episodio quinto -”The Dinner Party”. Vemos a alguien que es consciente de que su amor es imposible. Se le ha escapado la oportunidad. O quizá nunca la tuvo. Nadie nos lo cuenta. Lo vemos en un viaje de taxi que parece infinito mientras escuchamos Say Hello Wave Goodbye de Soft Cell. No necesitamos nada más. Solo ver la desesperación de alguien que ve como nunca se cumplen sus deseos. No necesitamos escucharlo, solo verlo. Algo que es incluso más crudo que oírlo.

Cada episodio es una pequeña película, un mundo aparte dentro de algo global, que parece que nunca se unirá, pero que poco a poco, paso a paso, termina por fundirse. No nos importa tanto el final, sino cómo llegamos a él. El camino antes que el destino. Cada capítulo es un universo único. Y como ocurriera en la primera entrega de la serie, intenta profundizar en los temas que trata, que van más allá de la sitcom habitual. Tras ese primer homenaje, en el segundo -”Le Nozze”- nos toca vivir el dolor del recuerdo de un amor que se fue, de una oportunidad perdida. Cuando Dev vuelve a Estados Unidos en el tercer episodio -”Religion”, toca un tema espinoso. Las diferencias en las creencias de la generación de sus padres y las suyas planean sobre el ambiente, mientras que realmente Ansari y Yang nos hablan de los problemas de comunicación con nuestros cercanos.

Además nos sirve para volver a disfrutar del encanto de sus padres. No olvidemos que son sus padres reales. Y aunque a la madre no se la ve a gusto, a su simpático padre sí. Algo que hace disfrutar al espectador. Los personajes siguen siendo los mismos de la primera temporada, aunque en esta ocasión los secundarios aparecen menos. A Arnold le vemos en el segundo episodio y después de manera ocasional. Con Denise nos ocurre lo mismo, pero de su mano tenemos uno de los grandes capítulos de la temporada. Brian aparece esporádicamente. Disfrutamos del siempre bueno Bobby Cannavale¡cuánto echamos de menos Vinyl!– como el machista compañero de trabajo y jefe de Dev. Incluso recuperamos momentáneamente y como guiño a Rachel, pero esta vez es FrancescaAlessandra Mastronardi– el objetivo romántico de Dev. Aunque no se ve de manera obvia hasta bien entrada la temporada, ya en la apertura vemos que los ojos de Dev la miran de una manera diferente. Especial. Quién no ha mirado así.

Master of None

Pero hasta llegar a Francesca, Dev lo intenta con Tinder. O mejor dicho, el online dating. Los resultados rozan el desastre, pero el capítulo –”First Date”- nos resulta muy entretenido. Vemos una única conversación, que a la vez son varias citas, en la que es una interesante apreciación sobre el mundo de las citas vía aplicaciones online. Quien haya empleado Tinder o alguna variante podrá sentir alguna o varias de las situaciones como suyas. Incluso los sentimientos encontrados con los que arranca y termina Dev al respecto de este tipo de aplicaciones. Nada está dejado al azar.

Nos gusta Master of None no solo por su buen hacer, su realidad o el hecho de ser una serie adorable. No. También gusta por los riesgos que toma, por su crítica social. Por su reconocimiento a las minorías étnicas, al movimiento LGBT. Nos gusta por la normalidad con la que les muestra en la televisión. El propio Ansari siente la necesidad de mostrar a los musulmanes en televisión con total normalidad, más si cabe en unos tiempos donde un tipo como Donald Trump llega a Presidente de los Estados Unidos. Y con todo eso presente consigue no ser moralizante. Algo a tener en cuenta.

Quizá por eso los mejores episodios de esta segunda temporada van más allá del arco argumental central -Dev y Francesca-. En el sexto –”New York I Love You”-, Dev y sus amigos ceden el protagonismo a unas historias aleatorias de ciudadanos neoyorquinos. Pero, por supuesto, no son ciudadanos cualquiera. Son personas que no suelen estar representadas en Hollywood, en la televisión. Minorías. El portero de un edificio de viviendas, una pareja interracial sorda -brillantes esos minutos sin sonido- y un taxista inmigrante. Tres historias diferentes que terminan unidas de una manera simple, pero que nos demuestra que todos tenemos algo en común. Que todos somos iguales. Un ‘fan favorite’.

Nueva York mostrada de una manera diferente. Imaginen otras sitcoms como Friends o How I Met Your Mother y el papel que dejaban a las minorías e inmigrantes. Residual. Aquí no. Y piensen en los clásicos capítulos de Acción de Gracias que estas sitcoms siempre nos regalan. Ansari y Yang no han querido ser menos, pero lo han hecho a su manera. “Thanksgiving” se centra en Denise. Y aunque Dev está presente a su lado durante todo el episodio, aquí funciona como el secundario. Porque importa Denise, el reconomiento de su sexualidad, cómo lo siente, vive y sufre en casa. Por qué no es fácil para ella. Cómo a su familia le cuesta aceptarlo. Y todo de una manera inteligente, sin la clásica historia de Acción de Gracias.

Master of None, a tus pies. Con apenas diez capítulos Aziz Ansari y Alan Yang dicen mucho. En una serie donde poco o nada parece ocurrir, pero donde cada situación cuenta. Donde el mensaje es tan importante como el resultado final. Una sitcom como otras –Louie-, con influencias clásicas –Woody Allen-, pero que a la vez nos resulta fresca y original. Desde aquí le exigimos a Netflix su tercera temporada. Porque cada bocado nos parece poco. Pero no la queremos ya. Porque si algo nos ha demostrado Master of None es que las cosas requieren su tiempo y maduración. La espera es buena, porque sabemos que el resultado no nos va a decepcionar.

Master of None

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