Netflix se equivoca con Las Chicas del Cable

Netflix va a por todas en el mercado español. No solo quieren hacerse con una cuota de clientes a base de ofrecer buenos productos que llegan desde el otro lado del charco. También apuesta por el producto español. Algo tan positivo como es su marcada apuesta por España tiene también su lado negativo. Y ese no es otro que el de ofrecer un producto flojo, con más sombras que luces y que, en definitiva, deja mucho que desear como primera producción marca de la casa. Hablo, sí, de Las Chicas del Cable.

Las expectativas eran muchas, y es que el listón estaba alto. Los seriéfilos asocian, asociamos, Netflix a NarcosHouse of CardsMaster of None, Orange is the New Black, Bojack Horseman y tantas otras. Pero no han tenido a bien saciar esas ansias que siempre tenemos dentro los fanáticos de las series y han preferido apostar por el gran público. Ese es el principal problema que rodea de principio a fin Las Chicas del Cable. No han pensado en el público de buen paladar. No han creído en poder atraer a una mayoría jugando la baza de una gran serie. Han escogido el camino fácil. El de llegar a su objetivo imitando el éxito de otras recientes que se han ofrecido en la pequeña pantalla. Entendible comercialmente, pero no loable.

Porque Las Chicas del Cable no cumple las expectativas creadas. Con esta serie en Netflix se han limitado a crear una especie de Velvet 2.0 con algunas de las estrellas jóvenes del momento. Y eso tendrá su público. Entiendo que el target al que aspiran llegar con esta serie es mayor, más amplio, que el de un seriéfilo empedernido. Centrándonos en la serie, Las Chicas del Cable tiene algunas premisas interesantes, como el situar la serie en los años veinte y, especialmente, la muestra de la lucha de las mujeres por hacerse un hueco en la sociedad. Pero eso es tirado por la borda rápido.

La serie, no nos engañemos, es bastante floja como producto. El guión, tirando a mediocre siendo amables. La historia tiene unas enormes posibilidades que acaban destrozando cuando deciden limitarse a realizar una historia de amor. Peor aún, varias historias de amor. ¿Por qué no profundizar en las dificultades que tuvieron que vivir aquellas mujeres que peleaban por sus derechos? ¿Por qué no extenderse -más- en el machismo reinante? Y la gran pregunta: ¿por qué necesitan de una historia de amor para completar el producto? Mejor habrían hecho sembrando los cimientos para una historia así que se desarrollase en futuras temporadas.

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La protagonista es Alba/Lidia –Blanca Suárez-, que ha sufrido una vida llena de complicaciones y que aspira a mejorar en la vida. Antes se ve chantajeada por un policía que le exige recompensas económicas para dejarla en paz. No suena mal. Pero al final su trayectoria en la serie es otra. En resumen: se cruza con su amor de la adolescencia –Yon González– y se enamora de su jefe –Martiño Rivas-, a la sazón mejor amigo de su antiguo amor. Lo primero es solo un gancho para acabar desarrollando la historia de amor. Otra de las cuatro chicas del cable es Marga –Nadia de Santiago-, que llega a la gran ciudad desde el pueblo y se enamora a primera vista. Quedan Ángeles –Maggie Civantos– y Carlota –Ana Fernández– que sí consiguen generar cierto interés. Algo, no crean que mucho.

En el caso de Ángeles, una vida personal desdichada, con un marido infiel y violento que le impide desarrollar su carrera. Eran otros tiempos, sí, pero despachan la historia demasiado rápido para lo que puede ofrecer. En el de Carlota, una niña bien que desespera a su padre, que descubre su bisexualidad y que lucha por mejorar los derechos de las mujeres. No son historias innovadoras, pero van algo más allá de la simple historia de amor. Curiosamente son estas dos actrices las que realizan un mejor trabajo. La cámara adora a Blanca Suárez pero su actuación no nos engancha, y Nadia de Santiago bastante tiene con sacar adelante su soso papel. Ana Polvorosa también cumple, quizá sobresalga, mientras que entre el alarmante flojo nivel de los hombres solo Martiño Rivas resulta algo creíble por momentos.

Al menos se nota que hay algo más del dinero habitual para realizar la serie, con más planos exteriores de los que acostumbran este tipo de series y un 1928 visualmente aceptable. Todos los personajes visten monísimos, pero tampoco estamos para exigirle a una serie que decide emplear música electrónica y dance moderna como hilo musical. Un recurso visto en otros productos que aquí falla por completo. Reconozcamos también otro detalle positivo: su duración. Apenas cincuenta minutos por capítulo, algo que se agradece para pasar el trago antes. Y eso, en un país que ha hecho comedias de 70-80 minutos es todo un logro y algo a aplaudir. Se avanza.

Todo eso es Las Chicas del Cable. Una serie previsible, anodina y desechable. Una serie más. Algo ya visto, demasiado visto. Una decepción por parte de Netflix para su público más exigente, pero que seguro le dará réditos económicos tanto en España como en América Latina. Pero a Netflix hay que exigirle más. Esperemos que mejore en sus siguientes proyectos.

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