Karmelo C. Iribarren: La poesía de los días laborables

Cuando Roberto Moso escribió su libro sobre los Eskorbuto, prototipo de banda punk maldita erigida en leyenda, decidió, con gran intuición, titularlo Flores en la basura. Esta frase también serviría para definir certeramente la obra y carrera literarias de Karmelo C. Iribarren, poeta donostiarra.

Karmelo C. Iribarren nació en la capital guipuzcoana en 1959 y bien pronto tomó conciencia de que la vida no iba a ser un camino alfombrado para él. La muerte de su padre cuando él era tan solo un crío -“Solo añadir / que mi padre fue un buen / tipo, / un buen tipo sin suerte. / Y que ni siquiera / tuve tiempo / de quererle” escribiría en uno de sus versos – le precipitó a un internado de carácter religioso del que saldría escaldado por el trato de los “curas”. Durante su juventud se dedicó a multitud de oficios y ocupaciones, desde albañil hasta encuestador, hasta que encontró una que le dotaría de estabilidad y moldearía su propia visión del mundo: camarero. Así, en los ratos muertos que le quedaban mientras se dedicaba a poner tragos comenzó a escribir. Una poesía esculpida por sus vivencias.

Su dedicación a juntar palabras fue temprana, se remonta hasta su adolescencia, pero tardó en convencerse de que lo que escribía podía tener interés para alguien más que para él mismo. No fue hasta descubrir Días perdidos en los transportes públicos, el segundo trabajo de Roger Wolfe, que descubrió que había alguien más que hacía una poesía similar y que además era publicable. Por mediación de Michel Gaztambide, guionista de No habrá paz para los malvados y también poeta ocasional al que conoció en el bar que regentaba, entregó por primera vez poemas suyos a un medio literario, unos cuadernos poéticos dirigidos precisamente por el autor de Días perdidos…. Convencido por fin de que su obra podía aparecer impresa en papel se dirigió a la editorial sevillana Renacimiento, donde desde entonces publicará prácticamente todos sus trabajos. De esta manera apareció en 1995 su primer poemario publicado, La condición urbana. A partir de este momento las publicaciones se irán sucediendo, afianzando una voz propia que hace los versos de Iribarren fácilmente reconocibles: Serie B (1998), Desde el fondo de la barra (1999), La frontera y otros poemas (2005), Ola de frío (2007), Atravesando la noche (2009), Versos que el viento arrastra (2010), Otra ciudad, otra vida (2011), Las luces interiores (2013), La piel de la vida (2013), Haciendo planes (2016) y El amor, ese viejo neón (2017).

El estilo de Iribarren ha sido clasificado habitualmente dentro del realismo sucio, en la estela hispana de Charles Bukowski. Pese a las similitudes que guarda con determinados parámetros de este movimiento y con algunos de sus cultivadores -la renuncia a recursos estilísticos tradicionales, la mirada nihilista vertida sobre la cotidianeidad…- ha habido posicionamientos discrepantes con este encuadramiento, como el de Luis Antonio de Villena, que ha propuesto la etiqueta propia de realismo limpio para remarcar la extrema renuncia a adornos retóricos que abriga la obra del donostiarra. El propio Karmelo C. Iribarren, autodidacta por necesidad y desdeñoso con la crítica, ha recibido con distanciamiento socarrón estas clasificaciones cuando ha señalado que en la formación de un escritor resultan decisivas las lecturas previas. Y si entre las suyas figura Bukowski, no tiene empacho alguno en reconocer como una de sus grandes influencias a la generación poética de los 50, con Gil de Biedma a la cabeza. Pero también se pueden encontrar guiños y paralelismos con la novela negra norteamericana clásica, la de Hammett y Chandler. Y es que, como él mismo admite, lo que le interesa, independientemente de si está escrito en verso en prosa, es aquello que tiene un contenido, que cuenta algo relevante, con calor humano.

Con estas coordenadas de sus gustos literarios delimita el espacio clave de su poesía. Si algo define por encima de todo a sus versos es la ansiedad expresiva, la necesidad de contar algo. Es un poeta de significado más que de significante. El preciosismo no le ataña. Karmelo C. Iribarren cuenta continuamente cosas. Vivencias de la gente corriente que ha escrutado desde el fondo de la barra o mientras paseaba por la calle. En su obra resultan fundamentales precisamente estos dos elementos, la ciudad y los bares, con toda la fauna –él mismo incluido- que los puebla y anima. Es el poeta de eso tan trágico y común que es lo cotidiano. Algo que podemos percibir por ejemplo en Madrid, Metro, Noche: “Gente / exhausta, / con la vista / clavada / en el suelo, / preguntándose / por la vida, / la de verdad… / porque no puede ser / que sea / solo eso…”. Y es algo que le permite trazar a partir de la imagen de un objeto perfectamente común uno de los mejores retratos del desamparo personal: “Y cuando no me miras / me quedo solo / como ya no recordaba que pudiera estarlo. / Como un paraguas roto / en una esquina / un día / de sol / no sirvo para nada / y se nota mucho”.

El gusto por la vida ordinaria se refleja asimismo en el propio estilo de Karmelo C. Iribarren, en su radical renuncia a los recursos retóricos, en su apuesta extrema por el lenguaje coloquial. El intento, en suma, de hacer poesía que no parezca poesía. Cuando ha hablado de su método de escritura ha explicado que consiste en desnudar el poema, en ir eliminando progresivamente todo lo accesorio hasta tan solo dejar lo fundamental. Y en este camino hacia la sobriedad estilística nadie ha llegado tan lejos como él. Iribarren es todo lo contrario a un poeta encerrado en su torre de alabastro que declama sobre los grandes interrogantes de la existencia. Podría ser tu vecino, un desconocido con el que te cruzas por la calle o el colega con el que tomas unas cervezas, pero nunca alguien ajeno a ti. Y al mismo tiempo su poesía se encuentra muy lejos de lo anecdótico, en ella encontramos los grandes temas de la vida –el desamor, la desazón por el paso del tiempo, la pérdida de la inocencia y de la juventud…- reflejados por medio de escenas y situaciones que cualquiera puede reconocer por haberlas atravesado pero que pocos tienen el talento lírico para plasmar con esa sencillez henchida de sentimiento. “Como a veces / nos viene a la memoria / algo sin importancia / que dejamos / para el día siguiente / hace ya tiempo, / he recordado, / viejo amor, / cuánto te quise”.

Ligado con todo lo que hemos señalado se encuentra uno de los rasgos de la propia figura de Iribarren que ayuda a explicar el por qué y el cómo de su poesía y que el que escribe estas líneas no tiene más remedio que confesar que encuentra especialmente atractivo: la falta de pretensión y ambición. Ojo, no de ambición literaria, sino de ambición en términos de reputación o reconocimiento. Iribarren comenzó escribiendo para sí mismo, nunca se ha ganado la vida con su poesía y vive de espaldas a lo que la crítica o el mercado puedan decir de su obra. Ello le ha permitido laborar tranquilamente a su gusto y capricho, manteniendo con terca independencia una autenticidad que no siempre resulta sencillo encontrar.

Con motivo de la reciente publicación de su último libro –El amor, ese viejo neón, Aguilar, 2017- desde Revancha hemos querido brindarle nuestro modesto, y seguramente innecesario, homenaje. Modesto pero sincero, como –creemos- le gustaría a Karmelo C. Iribarren. Un homenaje que al tiempo deseamos que funcione como una invitación para que aquellos que no la conozcan ya se acerquen a su obra. Una obra escrita con un corazón de asfalto palpitante.

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