Dunkerque: un soberbio viaje al infierno de la guerra

Desde el primer fotograma de Dunkerque, se vislumbra que lo que se verá a continuación tendrá que ver con el Nolan menos Nolan de la palabra que uno se pueda imaginar. No solo por romper con el género donde más cómodo podría sentirse el director, si no por lo sobrio del título, evitando créditos iniciales, y por la utilización de rótulos más cercanos al cine mudo que al cine moderno.

Con unas letras sobreimpresas en fondo negro, silencio, más letras, y un enemigo a las puertas que está a lo largo del metraje, acechando en las sombras, Christopher Nolan deja una brillante carta de presentación marca de la casa. Quizás radicalmente opuesta a otros arranques del director, pero soberbia. Toda una clase de cine en un par de minutos, donde se nos muestran imágenes que pueden recordar al cine mudo, pasando por reminiscencias al John Ford de sus orígenes –La Patrulla Perdida-, y acabando con un viaje a ese paredón llamado playa que tan bien recreó Truffaut en Los Cuatrocientos Golpes.

¿Y después…? Después el infierno de Dunkerque. Una carrera contrarreloj por la supervivencia, donde corderos disfrazados de soldados procuran alargar su vida una hora, un día… una semana. Todo lo posible antes de perder cualquier esperanza. Porque de eso trata Dunkerque, que no es un film bélico al uso, es una obra sobre la naturaleza humana.

Quizá Nolan haya pintado un bello lienzo que no acabe de cuajar entre todos sus incondicionales. Los incómodos silencios, el que el film no quiera contarnos ninguna aventura, el no poder coger simpatía a un personaje en concreto… cualquier atisbo de cine de acción moderno o del cine más clásico se va por los aires, como la arena de las playas de Dunkerque durante los bombardeos alemanes.

Poco importa, el director, con pulso firme, sabiendo en todo momento dónde colocar la cámara para lograr la belleza, la angustia, la agonía, el miedo… cualquier tipo de sentimiento. Y amparado en tres cosas que complementan su genialidad. Una banda sonora que le cae como anillo al dedo, obra de Hans Zimmer; una fotografía con tonos azulados, por momentos grisáceos, que en momentos roza lo nauseabundo para meter al espectador en las playas, pero, sobretodo, un montaje soberbio, sensacional, diferente.

Porque se puede narrar las historias cruzadas de mil maneras, se puede dar vueltas y vueltas de tuerca al tiempo para contarnos una historia. Pero aquí Christopher Nolan juega con el tiempo a su antojo, en un montaje revolucionario a tres bandas. Bien específicas: tierra, mar y aire. Pero en ningún momento es tramposo. Todo lo contrario, es consciente de cuál es el objetivo de su film y lo consigue.

Dunkerque es, gracias sobretodo a su montaje, un viaje en espiral al infierno de la guerra. Una espiral donde se alternan magistralmente todo tipo de secuencias, para acabar alcanzando un clímax único, en pleno ojo del huracán, donde se concentra todo lo mejor de su cine, puro espectáculo.

Dunkerque

Dentro de su rareza, el film de Nolan es un film coral por excelencia. Pero superando con creces largas obras corales donde algunos protagonistas salían ganando en metraje. Aquí nadie parece destinado a liderar el film. Todos son marionetas de Nolan, las maneja a su antojo. Y ahí radica otra de las brillantes ideas del británico. Por mucha cara conocida que tengas, nadie, ninguno de los soldados de la playa, de los tripulantes de una embarcación o de los escasos Spitfire que sobrevuelan el Canal de la Mancha están seguros. Todos son conscientes de que les puede quedar poco de vida.

Y es ahí donde rompe, nuevamente, con su cine anterior. Todos sus films, por mucho que tuvieran su sello, contenían a uno o dos actores -siempre caras conocidas- que cargaran el peso del film, que se llevaran los golpes, que hicieran sentir a la gente disfrutando de las palomitas, dentro de su confort de la sala de cine, del sofá de casa, de su cama. Aquí Christopher Nolan saca todos los diablos a pasear, con ese enemigo omnipresente como Dios -literalmente en todos los sentidos- desatando tempestades, removiendo tierra, mar y aire para hacérselo pasar realmente mal a los británicos.

De eso fue Dunkerque, que no se puede vender como la victoria que se vendió ni como la derrota que fue. De gente intentando evadir del infierno, en busca de una nueva oportunidad, gente desesperada en momentos desesperados, dispuesta a cualquier cosa con tal de salir del atolladero. Nolan nos sumerge de lleno en ese infierno. No debemos seguir a ningún actor en concreto. Debemos sufrir en las playas, en la sala de cine, en las frías aguas del canal o en el sofá de casa. Sufrir como sufrieron ellos, con angustia, con esperanza. Apretando los puños en pos de la salvación. Y así lograr la liberación.

Poco importa que Nolan tras 95 minutos de cine en estado puro, de quitar el hipo, de hacer la obra bélica con mayor suspense de la historia, se dedique a politizar en su epílogo final. Importa poco porque en cierto modo es su momento para aprovechar y dedicar el film a su Reino Unido natal, que tanto sufrió en aquella guerra. Se le perdona y se le permite, aunque poco tenga que ver con lo que hasta ese momento ha inundado la pantalla.

¿Y la duración? Bendita duración. Precisamente comprimir el metraje ha sido de las ideas más extrañas y a la par acertadísimas que el director haya decidido tomar en su carrera. No sobra nada porque todo parece calculado. Cada segundo del film, cada galón de combustible gastado, sirve para no dejarnos respirar. Porque aquellos chicos, aquellos jóvenes enviados a la guerra, no tuvieron ningún segundo posible de relajación en aquellas horas oscuras. Este es el homenaje de Nolan, no un film dedicado a los caídos y supervivientes en general… si no un film dedicado a cualquiera que padeciera aquel infierno en sus carnes.

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